Definir la naturaleza resulta una tarea compleja. ¿Se trata del universo físico alrededor y dentro de nosotros, como los árboles, ríos, los andes, la gripe, microbios, osos de anteojos, petróleo, cacao, oro, nubes, neutrones, el corazón, un edificio, etc.? (Swyngedouw, 2011). Partir de la premisa de que todo lo existente es natural es necesario para evitar romantismos, especialmente cuando las definiciones provienen de préstamos occidentales instrumentalizados por lógicas de mercado. En este sentido, es imperativo subrayar que la naturaleza latinoamericana y andina exige una aproximación epistemológica distinta.
En la Constitución de la República del Ecuador (2008) se afirma que “la naturaleza, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos” (art. 71).
Este concepto guarda una relación intrínseca con el Buen Vivir o Sumak Kawsay, el cual sostiene que el desarrollo no puede existir si destruye la base que sustenta la vida. Esta visión, profundamente situada en nuestra ontología, implica una responsabilidad ética con la existencia misma.
A partir de estas aproximaciones, se podría caracterizar a la sostenibilidad como una serie de dispositivos técnico-directivos, a menudo caracterizados como radicales o innovadores, que deben asegurar que la ‘civilización’ tal y como la conocemos pueda continuar –es decir, se llama a una revolución sin cambio revolucionario (Swyngedouw, 2011).
No obstante, desde una lógica conceptual de enunciación, la sostenibilidad debería aproximarse más al Buen Vivir que a las soluciones meramente tecnológicas. Esto obliga a cuestionar: ¿dónde vivimos y cómo habitamos esos espacios? Así, el Buen Vivir se convierte en una práctica comunitaria dinámica que se reconfigura constantemente en barrios y ciudades. Por tanto, cabe preguntarse: ¿gozamos de bienestar en nuestras ciudades? Esta interrogante es el punto de partida necesario para evaluar la sostenibilidad.
El territorio debe responder a una lógica de justicia social donde la planificación territorial actúe como eje central para regular los recursos. El objetivo debe ser que las áreas urbanas, periurbanas y rurales cuenten con un espacio digno de habitar. La dignidad, en este contexto, está ligada a parámetros de vivienda integral que incluyen transporte, acceso al trabajo, soberanía alimentaria y seguridad ciudadana, etc.
Surge entonces una contradicción crítica: ¿qué tan sostenible es una vivienda con “huella de carbono cero” si se encuentra segregada de los centros de empleo, del abastecimiento de alimentos o de las redes de transporte público? Se debería priorizar la densificación de los centros urbanos consolidados, apostando por modelos de “ciudad de 15 minutos” con alta caminabilidad, reducción del uso del automóvil privado y aprovechamiento de la infraestructura existente, como el Metro de Quito.
La expansión hacia la ruralidad constituye una acción poco sostenible que segrega a grandes grupos poblacionales en territorios desprovistos de servicios, lo cual deriva en procesos de estigmatización, precariedad y violencia, además de vulnerar los bordes de protección ecológica.
Desde 2015, ERDC Arquitectxs se ha dedicado al diseño y construcción de proyectos de Vivienda de Interés Público (VIP) en el marco de las alianzas público-privadas. Debido a los elevados costos del suelo, los proyectos iniciales se localizaron en el borde urbano, específicamente en el valle de Los Chillos: San Telmo Apartamentos (ver Figura 2) y Residencias Villanueva (ver Figura 3). Un tercer proyecto, el Conjunto Habitacional P3 (ver Figura 4)., se emplazó más cerca de la mancha urbana consolidada, intentando mitigar las problemáticas de la sostenibilidad urbana al reducir los tiempos de traslado.
Actualmente, el proyecto Conjunto Iquique (ver Figura 5)., localizado en el barrio tradicional de La Tola, ha logrado insertarse plenamente en el tejido consolidado de Quito, alcanzando un 60% de unidades VIP a pesar de las limitaciones económicas del mercado de suelo.
A través de esta trayectoria, comprendimos que la forma más coherente de abordar la sostenibilidad es desde una visión del Buen Vivir urbano que dignifique la vida humana y su entorno. Lo sostenible, por tanto, debe partir del reconocimiento de la función social del suelo para derivar en la protección de los ciclos ambientales: el urbanismo sin lucha social es solo especulación inmobiliaria.
Con el propósito de brindar mayor claridad sobre los recursos visuales del artículo, se detalla la correspondiente identificación de cada imagen de izquierda a derecha:
02. San Telmo Apartamentos (2016)
03. Residencias Villanueva (2021)
04. Conjunto Habitacional P3 (2024)
05. Conjunto Iquique (2026)
