La cultura es el principio de una verdadera sostenibilidad

Frente a las soluciones tecnocráticas, el texto plantea que la crisis ambiental exige transformar nuestros valores y concepciones de progreso, asumiendo la sostenibilidad como un compromiso cultural de cuidado y reciprocidad con el planeta.

LA CULTURA COMO CUARTO PILAR: UN GIRO ÉTICO Y ONTOLÓGICO PARA UNA SOSTENIBILIDAD REAL

¿Puede una sociedad aspirar a la sostenibilidad sin transformar los valores y modos de vida que la sostienen?

Aunque el término sostenible se ha convertido en un emblema del pensamiento contemporáneo, sigue siendo un desafío atravesado por contradicciones. Con frecuencia, se lo aborda desde respuestas tecnocráticas o enfoques disciplinares aislados que reducen la complejidad socioecológica a indicadores de eficiencia o rendimiento. Este reduccionismo invisibiliza el trasfondo cultural desde el cual actuamos, producimos y habitamos. Persistimos en preservar la comodidad del modelo vigente, antes que cuestionar los supuestos que lo sustentan.

A ello se suma la tendencia a explicar la crisis socioambiental mediante entidades abstractas como “el mercado” o “el norte global”. Si bien estas estructuras influyen en la configuración del problema, utilizarlas como único marco interpretativo diluye responsabilidades y desplaza la reflexión hacia actores externos. Esta externalización dificulta asumir la corresponsabilidad que individuos, instituciones y comunidades tienen en la reproducción de prácticas que erosionan los territorios.

En este marco, se vuelve evidente que ninguna innovación tecnológica puede sostener la vida si la cultura que la impulsa permanece anclada en la lógica del crecimiento ilimitado. Incluso ciudades altamente tecnificadas pueden resultar insostenibles si consolidan patrones urbanos que fragmentan ecosistemas o estimulan consumos acelerados. Ello exige revisar concepciones de progreso que normalizan la separación entre sociedad y naturaleza y asumen que el bienestar equivale necesariamente a la acumulación. Una lectura cultural más profunda permite comprender por qué tantas estrategias de sostenibilidad fracasan pese a legislaciones avanzadas o inversiones significativas.

Este giro conceptual ha sido subrayado por organismos internacionales desde inicios de los años 2000, al reconocer que la cultura no es un componente accesorio, sino un pilar indispensable de la sostenibilidad. Iniciativas como Culture is the Fourth Pillar of Sustainable Development (CGLU, 2010) sitúan a la cultura al mismo nivel que las dimensiones social, económica y ambiental, señalando que sin transformaciones en valores, relatos y modos de interpretar el mundo no es posible consolidar una transición real.

 

 

Más recientemente, la UNESCO ha insistido en su dimensión civilizatoria, entendida como el horizonte ético y simbólico desde el cual las sociedades configuran su relación con el planeta (UNESCO, 2021).

Aceptar esta premisa implica reconocer que el cambio climático y la restauración ecológica son manifestaciones de una misma condición ontológica: formas de coexistencia entre seres humanos y no humanos en territorios tejidos por interdependencias múltiples. Esta perspectiva se articula con los debates del Antropoceno, que muestran cómo la acción humana ha adquirido escala geológica y evidencian que la crisis ambiental no puede desvincularse de sus raíces culturales e históricas.

Esta mirada abre la posibilidad de repensar el acto de habitar. Heidegger (1951-1971) sostiene que habitar es un modo de ser que demanda cuidado y responsabilidad. Ingold (2011), por su parte, concibe el habitar como una práctica relacional, configurada por vínculos materiales, afectivos y simbólicos que entrelazan a las personas con los territorios y las otras formas de vida que los componen.

En ese mismo sentido, Haraway (2016) propone entender la sostenibilidad como un proceso de “hacer parentesco”. Es decir, como la construcción de alianzas diversas y no jerárquicas que permitan sostener futuros compartidos. La sostenibilidad deja así de ser un ideal técnico para convertirse en una ética del entrelazamiento basada en el cuidado y la reciprocidad. Cuando las políticas ambientales carecen de sentido cultural, suelen percibirse como imposiciones ajenas a la vida cotidiana. Por ello, las decisiones ambientales duraderas se sostienen menos en incentivos normativos que en motivaciones culturales, pues nadie protege aquello que no percibe como parte de sí.

En el plano político, esta reflexión coincide con la propuesta de Latour (2017) sobre una ecología de los seres terrestres. Según este enfoque, la división fundamental no es ideológica sino ontológica: entre quienes reconocen la finitud del planeta y quienes insisten en operar bajo la lógica del crecimiento perpetuo. Habitar sosteniblemente implica decidir qué vínculos mantener, qué modelos abandonar y qué mundos se desea preservar. La sostenibilidad se convierte así en un espacio de discernimiento colectivo.

Finalmente, no habrá sostenibilidad sin una paideia terrestre, entendida como una formación ética y sensible que permita reaprender nuestra pertenencia al mundo. Más que un programa educativo, esta idea demanda una reorientación civilizatoria que reconozca la interdependencia como principio y límite. Supone cultivar una disposición a habitar la Tierra con responsabilidad y mesura, asumiendo que la vida humana solo prospera cuando respeta las condiciones que la hacen posible. En esta clave, la sostenibilidad deja de ser un objetivo técnico y se vuelve una tarea ontológica: aprender a existir sin agotar aquello que sostiene la vida.

 

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Natalia Alvarado Arias

Fotografías: Natalia Alvarado 2025