Los arquitectos somos, cuando dejamos a un lado los vuelos de ego, como parteros. Acompañamos una idea naciente hasta que se convierte en una resolución bella. La belleza de estas formas es proporcional a la energía que logramos canalizar de los deseos de los clientes, de la profundidad del entendimiento mutuo sobre el contexto en el cual nos proyectamos, y de la necesidad de entregar lo mejor de nosotros mismos con la esperanza de crear un lugar que nos conmueva, que refleje el camino emprendido.
Esto no es solo una poesía romántica. La arquitectura sostenible no depende del último material reciclado con la huella de carbono más baja. Esas son herramientas al servicio del deseo de ser responsables con nuestro oficio. Lo que de verdad imposibilita la sostenibilidad es la pereza, la falta de imaginación, la conformidad con lo que nos rodea y la ignorancia deliberada del costo social, ambiental y económico de cada decisión al momento de crear. La sostenibilidad no es una capa adicional al proyecto; es una condición que surge desde el lugar. Antes de diseñar hay que estar en el sitio, recorrerlo, reconocer qué existe y qué recursos hay.
A la lectura ambiental se suma una investigación cultural de las prácticas constructivas probadas en el tiempo. Con ese proceso, cada decisión responde a condiciones reales. El uso de sistemas pasivos de climatización, una doble altura, un material distintivo, cada técnica que tenemos a nuestra disposición se utiliza en función de este entendimiento. El diseño no impone un sistema constructivo; se adapta al territorio.
Cuando afirmamos que la arquitectura requiere vida, nos referimos a que incluso el edificio más permanente se erosiona sin cuidado. Hasta la construcción más efímera demanda energía incorporada y produce desechos cuya persistencia se mide en generaciones. Para que este sacrificio de recursos -obra física- valga la pena, nuestra responsabilidad tiene que extenderse a procurar que quienes habiten nuestros edificios los atesoren, los comprendan y los reparen con base en la claridad de intenciones que depositamos en el diseño. Cuando entregamos la obra, la delicadeza de cada material, la eficiencia de cada sistema y la precisión de cada detalle pasan a ser responsabilidad del cliente y, si hemos trabajado con rigor, su oportunidad de seguir profundizando su relación con su entorno. Si fomentamos la adaptabilidad y, sobre todo, la belleza suficiente para inspirar el deseo de reparar, habremos cumplido nuestra tarea: crear un hábitat deseable. La sostenibilidad se reduce, en buena medida, al deseo y la capacidad de dar mantenimiento.
Para nosotros, esto ha sido una enseñanza de nuestros compañeros en todos los proyectos: los clientes mismos. La Torre del Napo Wildlife Center, que se ha convertido en un símbolo del país, empezó por una escucha atenta al cliente y a la selva. Un proceso de entender los requisitos del contexto: los vientos sobre la laguna, los materiales que entraron a pulso de remo en canoas de menos de seis metros por un estero lleno de caimanes y la necesidad de una comunidad de crear algo a una escala sin igual en su historia, y que no deje su identidad atrás.
En los más de diez años desde la culminación de la obra, los retos de nuestros clientes han sido aún mayores. Las reparaciones cotidianas, la limpieza de la madera, la revisión por polillas, las adaptaciones a cada grupo de turistas requieren entender por completo cada intención del edificio. Esto solo es posible cuando la relación con el edificio es como la que expresó una de las mamakunas al entrar al espacio terminado: “se siente como una catedral, pero nuestra”.
Al entrar en nuestra segunda década profesional, valoramos cada vez más a los clientes que continúan trabajando con nosotros creando los hábitats que desean. A través de procesos participativos, incorporamos conocimientos locales y técnicas tradicionales; el arquitecto deja de ser únicamente diseñador y pasa a ser mediador.
Proyectos como Wikiri Sapo Parque y la Estación Científica de Wild Sumaco nos enseñan cómo diseñar no solo para integrar el paisaje en el edificio, sino cómo cuidar a nuestros vecinos, los animales y las plantas. Cada vez resulta más valioso el privilegio de ajustar, ampliar y seguir creando junto con nuestros clientes. Este proceso nos conduce hacia una arquitectura viva y, por consiguiente, sostenida.
